lunes, 21 de mayo de 2012
SIN TÍTULO.( 20 minutos en el tren)
El constante traqueteo del tren asfixiando las vías por las que circula a toda velocidad me distrae de la lectura en la que estaba inmerso y veo como el conjunto de palabras que forman la página que sostengo entre mis dedos pierden nitidez y acaban siendo una indefinida masa negra de tinta y papel grumoso.
Así me siento ahora mismo, parte de una masa indefinida que no sabe a donde se dirige porqu...e tiene demasiada prisa por llegar como para pararse a pensar en el rumbo que ha tomado su existéncia.
Entre empujones i miradas frenéticas de odio irracional al prójimo saludo a un dia que tengo la sensación de estar viviendo durante toda mi existéncia.
Una vez se cierran las puertas del metro no hay vía de escape, estas en el infierno y has pagado para entrar en él.
El traqueteo es constante, perturbador y frenético; pero nadie parece darse cuenta, nadie parece darse cuenta de nada.
Justo delante de mi hay un hombre de mediana edad hablándole a una máquina a gritos i exigiéndole explicaciones. La gente parece no extrañarse de ver a un hombre aparentemente cuerdo y racional hablando¡ no! vociferando con un extraño trozo de plástico.
El traqueteo no cesa i ahora va acompañado de unas sacudidas intermitentes a la estáncia donde nos encontramos todos nosotros. Uno de estos impactos fue especialmente fuerte haciendome perder el equilibrio sobre mis pies y obligándome a buscar algun punto de apoyo para no caer. Finalmente encuentro una barra para sujetarme e impedir el golpe.
Ahora tengo a escasos 20 centímetros a un hombre que, al parecer, es el padre de una família que le acompaña en este momento. Éste se comporta de forma más extraña si cabe que aquél que estaba gritándole a un trozo de plástico. El hombre número dos està mirando fijamente otro trozo de plástico, en esta ocasión más grande incluso i de vez en cuando lo toca y parece producirle una extraña sensación de desahogo. A su lado, su família, parece no importarle tanto como lo que tenia ahora en las manos. A ellos ni les mira ni les toca.
La que parece ser su mujer está en frente mio, mirando sin ver i escuchando sin oir. Ésta lleva otro trozo de plástico, un poco más grande incluso que el de su marido, del que sale un tubo de plástico transparente que le llega hasta la boca y se le mete dentro. Ella, sin embargo ni le grita enfadada ni le toca buscando diversión, pues al parecer el extraño artilugio no la deja abrir la boca ni articular sonido. No parece feliz. Sin embargo si parece depender de él, igual que sucedía con los dos primeros hombres chiflados.
De repente las puertas del habitáculo se abren y un fuerte bamboleo sacude la estáncia. Como automatismos de guerra todos los habitantes que allí estaban empiezan a cambiar automáticamente sus posiciones y todos al mismo ritmo empiezan a descender y ascender del vagón. Tengo la sensación de que los mismos seres que han bajado del vagon són los que están ahora subiendo. Todos vestidos con estos extraños disfraces de colores ténues y oscuros coronados por una estraña soga que les colgaba del cuello, todos iguales, callados, en sepulcral silencio, lanzando lamentos mudos y gritos de socorro a todo aquél que tuviese tiempo de dedicar un segundo de su existencia a mirarles a los ojos; pero nadie tenia tiempo, y nadie sabía porque, aunque tampoco se lo preguntaban.
Todo el mundo permanecía callado menos algun pasajero que, de vez en cuando, al sonar una extraña alarma dentro de su disfraz, se sobresaltaba y corría a cogerlo como si en ello le fuera la vida. ¿Por qué será? ¿Qué les aportarán esos aparatos?
Al otro extremo del vagón veo algo que me extraña. Es un hombre, un poco mayor que los que me rodeaban pero no lo suficiente como para ser ejecutado. Parecía nervioso. No, no parecía exactamente nervioso, pero no sabría definir muy bien la expresión que reflejaba su rostro. Si no fuera por dónde y como estamos, pensaría que está feliz... ¡pero no, no puede ser! Hoy ya no existe la felicidad, sólo está en las peliculas históricas. Se extinguió con el progreso, cómo la peste y otras enfermedades.
Eché un vistazo a mi alrededor y mi hallazgo no había pasado inadvertido entre los demás asistentes, pues ellos también habían observado esa curiosa y anómala expresión en el rostro de aquél misterioso transeúnte.
Vi cómo, uno a uno, los pasajeros iban alejándose progresivamente del extraño y maléfico ser, la situación era verdaderamente aterradora, pues él parecía ser más..¿feliz? a medida que nos ibamos asustando nosotros. Estaba loco, no había duda, pues no vestía de gris, ni siquiera de negro, y no llevaba ningún tipo de cable conectado ni en los oídos ni en los bolsillos ni en la boca.
De repente el tren paró y sus puertas se abrieron.
Esta vez nadie se movió.
El extraño hombre miró hacia nosotros con extraña expresión de lastima y salió del tren. En ese mismo momento uno de los pasajeros que me acompañaban salió corriendo tras de si y, junto a él, 5 o 6 más. Llegaron corriendo dónde estaba el extraño hombre, lo cogieron entre todos y lo arrojaron a las vías por donde se acercaba a toda velocidad el tren y este se lo arrojó con toda la rabia y la impoténcia que caracteriza esta sociedad.
Los 6 héroes regresaron al vagón y ocuparon sus posiciones anteriores. Nada parecía haber cambiado a la situación anterior. El hombre del principio seguía gritándole al trozo de plástico, la mujer seguía pidiendo auxilio sin poder emitir sonido alguno y el traqueteo seguía siendo incesante. Todo está jodidamente mal, pero todo ocupa el sitio que debe ocupar.
El mundo está en llamas y nos estamos ahogando en el fuego y ardemos en el agua.
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