La luz que emana el fluorescente que ilumina la escena relampaguea, creando así un tétrico juego de luces que incitan la siniestra danza de sombras en la pared.
El incesante vaivén crónico del reloj marca el compás y toma el rol de torturante y perpetua banda sonora y solo mi incesante respiración la altera intermitentemente.
Por mis fosas nasales avanza libremente el seco olor a hospital, a enfermedad, a muerte. Respirar, aquí, no es tarea fácil.
Desconozco el tiempo que llevo aquí, parado frente esta puerta, estudiando una y mil veces el tirador que hacía posible penetrar esa barrera que se mostraba ante mí.
Mi mente no podía conjeturar más excusas para seguir demorando mi entrada, no podía seguir autoengañandome.
......
El aire que respiro me roba vida a cada inspiración, es pesado, crudo y agrio. Me siento... débil.
......
Debería ser yo el que estuviera allí dentro, conectado a máquinas para poder respirar el aire que apenas merezco, no ella. Mi niña no lo merece.
Tengo miedo.
Tengo miedo a verla tan frágil, tan indefensa. Yo que siempre he intentado protegerla y no he podido protegerla del mayor peligro que le acechaba: su propio padre.
Mis piernas flaquean, mi mano, desesperanzada, suelta el pomo, y dejo caer mi cuerpo inerte sobre la silla.
Soy un cobarde.
A mi mente vienen las imágenes del fatal desenlace.
Mi hija y yo subiendo al coche. Ella, con ese brillo angelical en la mirada me cuenta sus preocupaciones acerca de algunas compañeras que se burlaban de ella. Y yo, hipócrita malnacido, le digo que no tiene que tener miedo. Que lo que debe hacer es enfrentarse a ellas.
Resulta hasta irónico el que un cobarde de mierda, que no osa ver a su hija cuando ésta más lo necesita, dé consejos de valor. ¿Cómo puedo, siquiera, atreverme a mencionar esa palabra?
-Gracias papi, eres el mejor-. Responde. Y me dedica una de sus maravillosas sonrisas. Por las que vale la pena tragar toda la mierda del mundo en el trabajo, y por las que el mayor sacrificio imaginable no llega a ser un mero cosquilleo.
Te quiero papi...mala elección cariño, deberías elegir mejor tus preferencias en el futuro.
El futuro...
Las lágrimas brotaron desconsoladas de mis ojos al comprender esas palabras.
Hace escasas horas, mi niña tenía toda la vida por delante y ahora, puede considerarse afortunada si sobrevive esta noche.
La idea de que muriera sin verla penetró en mi cabeza como el veneno en la sangre, infectándolo todo a su paso.
Me armo de valor, me levanto y, tomando uso de todas mis fuerzas impulso hacia bajo la manita del tirador.
.
.
.
Nada
.
.
No consigo abrir la puerta.
Subo i bajo el tirador como si mi vida fuese en ello, pero no puedo abrirla.
Preso del pánico aviso a una enfermera de que mi niña está encerrada y le pido ente llantos agónicos que abra esa puerta.
Parece ignorarme, pero no me rindo. Me abalanzo sobre ella pero choco contra algo invisible a mis ojos y caigo estrepitosamente al suelo.
De repente encuentro sus ojos. En ellos veo una expresión de compasión que en la vida olvidaré.
Mientras, sus labios se abren y de repente aparecen media docena de fuertes enfermeros.
-Mi hija está ahí dentro- grito, -dejadme entrar-
Un pinchazo gélido y agudo me salva de mi trance, esos cabrones me habían drogado!
Debo llegar a la puerta! Miro en su dirección para ver si hay alguien impidiéndome el paso, pero no hay NADA. Ni siquiera la puerta de mis temores.
Donde antes estaba esta, ahora solo hay blanco, impecable blanco.
Cada vez peso más, cada vez me es más difícil moverme y tengo que hacer uso de todas mis fuerzas para no dormirme.
Hago un esfuerzo sobrehumano para intentar levantarme, pero estoy sujeto por una camisa de fuerza. Intento avisarles de que me suelten, pero mi boca está tapada por un bozal.
Me duermo, el mar me lleva consigo para descansar. Noto la fina espuma entre mis dedos i mis piernas, dentro de poco estaré descansando, por fin.
Antes de dormir vuelvo a encontrar los ojos compasivos de la enfermera, i veo en ellos el mismo brillo que en la mirada de mi hija.
Puedo marcharme feliz
El incesante vaivén crónico del reloj marca el compás y toma el rol de torturante y perpetua banda sonora y solo mi incesante respiración la altera intermitentemente.
Por mis fosas nasales avanza libremente el seco olor a hospital, a enfermedad, a muerte. Respirar, aquí, no es tarea fácil.
Desconozco el tiempo que llevo aquí, parado frente esta puerta, estudiando una y mil veces el tirador que hacía posible penetrar esa barrera que se mostraba ante mí.
Mi mente no podía conjeturar más excusas para seguir demorando mi entrada, no podía seguir autoengañandome.
......
El aire que respiro me roba vida a cada inspiración, es pesado, crudo y agrio. Me siento... débil.
......
Debería ser yo el que estuviera allí dentro, conectado a máquinas para poder respirar el aire que apenas merezco, no ella. Mi niña no lo merece.
Tengo miedo.
Tengo miedo a verla tan frágil, tan indefensa. Yo que siempre he intentado protegerla y no he podido protegerla del mayor peligro que le acechaba: su propio padre.
Mis piernas flaquean, mi mano, desesperanzada, suelta el pomo, y dejo caer mi cuerpo inerte sobre la silla.
Soy un cobarde.
A mi mente vienen las imágenes del fatal desenlace.
Mi hija y yo subiendo al coche. Ella, con ese brillo angelical en la mirada me cuenta sus preocupaciones acerca de algunas compañeras que se burlaban de ella. Y yo, hipócrita malnacido, le digo que no tiene que tener miedo. Que lo que debe hacer es enfrentarse a ellas.
Resulta hasta irónico el que un cobarde de mierda, que no osa ver a su hija cuando ésta más lo necesita, dé consejos de valor. ¿Cómo puedo, siquiera, atreverme a mencionar esa palabra?
-Gracias papi, eres el mejor-. Responde. Y me dedica una de sus maravillosas sonrisas. Por las que vale la pena tragar toda la mierda del mundo en el trabajo, y por las que el mayor sacrificio imaginable no llega a ser un mero cosquilleo.
Te quiero papi...mala elección cariño, deberías elegir mejor tus preferencias en el futuro.
El futuro...
Las lágrimas brotaron desconsoladas de mis ojos al comprender esas palabras.
Hace escasas horas, mi niña tenía toda la vida por delante y ahora, puede considerarse afortunada si sobrevive esta noche.
La idea de que muriera sin verla penetró en mi cabeza como el veneno en la sangre, infectándolo todo a su paso.
Me armo de valor, me levanto y, tomando uso de todas mis fuerzas impulso hacia bajo la manita del tirador.
.
.
.
Nada
.
.
No consigo abrir la puerta.
Subo i bajo el tirador como si mi vida fuese en ello, pero no puedo abrirla.
Preso del pánico aviso a una enfermera de que mi niña está encerrada y le pido ente llantos agónicos que abra esa puerta.
Parece ignorarme, pero no me rindo. Me abalanzo sobre ella pero choco contra algo invisible a mis ojos y caigo estrepitosamente al suelo.
De repente encuentro sus ojos. En ellos veo una expresión de compasión que en la vida olvidaré.
Mientras, sus labios se abren y de repente aparecen media docena de fuertes enfermeros.
-Mi hija está ahí dentro- grito, -dejadme entrar-
Un pinchazo gélido y agudo me salva de mi trance, esos cabrones me habían drogado!
Debo llegar a la puerta! Miro en su dirección para ver si hay alguien impidiéndome el paso, pero no hay NADA. Ni siquiera la puerta de mis temores.
Donde antes estaba esta, ahora solo hay blanco, impecable blanco.
Cada vez peso más, cada vez me es más difícil moverme y tengo que hacer uso de todas mis fuerzas para no dormirme.
Hago un esfuerzo sobrehumano para intentar levantarme, pero estoy sujeto por una camisa de fuerza. Intento avisarles de que me suelten, pero mi boca está tapada por un bozal.
Me duermo, el mar me lleva consigo para descansar. Noto la fina espuma entre mis dedos i mis piernas, dentro de poco estaré descansando, por fin.
Antes de dormir vuelvo a encontrar los ojos compasivos de la enfermera, i veo en ellos el mismo brillo que en la mirada de mi hija.
Puedo marcharme feliz