miércoles, 17 de octubre de 2012
SEGUNDO CÍRCULO
“El deseo nos fuerza a amar lo que nos hará sufrir”
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Marcel Proust
“Donde acaba el deseo comienza el temor”
Baltasar Gracián
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Le hizo caso e intentó proseguir con su camino. Travesaron la primera planta y se dirigieron hacia las escaleras que llevaban a la planta un nivel inferior a la que se encontraban.
- Aquí, doctor, - dijo mientras abría la puerta- llacen los pacientes que entraron con serios desordenes de tipo sexual y dificultades congnitivas para con la separación del placer y el dolor, del bien y del mal.
Una vez hubo dicho esto un olor nauseabundo invadio la cavidad nasal del doctor provocandole una náusea casi irrefrenable. Al alzar la vista para ver de donde provenía todo ello la visión que tuvo fue terrorifica. Lo que había allí era una suerte de orgía diabólica y enferma. Un bufet libre de perversiones inimaginables de toda índole. Había cópulas, auto-mutilaciones, masturbaciones. En definitiva, la lujuria llevada a su extremo más bizarro.
- Extreme las precauciones, señor Wilson. Como ve en esta sección no los tratamos, sólo podemos encerrarlos e intentar evitar que se conviertan en victimas de sus deseos. Se preguntará porque no están atados, antes lo estaban, pero aprovechaban el roce de las cadenas para desgarrarse la piel y asi saciar su mórbido apetito. Así que les dejamos relativamente libres, sin cadenas y a su libre albedrío. No se preocupe porque no esten atados, no pueden verle; pues la mayoría de ellos se ha arrancado los ojos para no ver en el monstruo que se han convertido. Muchos de los del mundo de allí afuera creen que son perversos o depravados. Pero hubo un tiempo en el que fueron personas normales, como usted y como yo, y alguna parte de aquello que fueron es lo que hoy les impide ver en lo que se han convertido, porque no son depravados, son gente enferma, gente que no puede distinguir entre realidad i ficción, gente que no puede regir sobre sus actos.
El doctor estaba curtido en más de mil batallas y antes de aquella noche se hubiera jugado su hacienda entera a que nada podía ya sorprenderle en el campo de la insanidad. Sin embargo su visión en aquel momento era más de lo que una mente enferma podía producir en su mayor delirium tremens. En un rincón, tumbada en el suelo había lo que antes debía haber sido una mujer. El resultado de algun agente desconocido había generado en ella una deformidad terrible en todo su cuerpo. Como todos los demás había arrancado sus ojos, como Edipo, para no ver la realidad pero tambien para no poder descansar jamás y no olvidar su infierno personal. Esa abominación se había clavado un tablon de madera acabado en punta por el oído mitigando así otro de sus puntos de acceso con la realidad, la escucha.
- ¿Ve esa de ahi? No pudo soportar los gritos de placer mórbido de sus compañeros de estancia ni los suyos propios y decidió no sólo arrancarse los ojos para no ver; tambien destrozarse las orejas para no oir. Vive en una especie de ataraxia de la cual no puede escapar. Sin embargo, doctor, le invito a que produzca una reflexión en su mente. A que niveles de horror tiene que llegar una persona, a que niveles de aterrorizarse a si misma, para querer anular toda percepción de su persona pero no acabar con su vida. Simplemente aplicarse el castigo que merece su depravación consciente pero no controlada.
Mientras Victor ejecutaba su discurso el engendro de la esquina, terrorificamente ataviado con unos botines de tacón, se dedicaba a perforar la espalda de un igual mientras éste defecaba lágrimas por todos los orificios de su cuerpo, ya que a lo que hacía ese ser no se le podía llamar llorar. Llorar es humano y eso no lo era en absoluto.
- Se lo que está pensando, señor Wilson; hay que verlo para creerlo; ¿verdad? Ese es el motivo por el que nadie tiene ojos aquí, nadie quiere ver, porque nadie quiere creer.
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