jueves, 8 de diciembre de 2011

VIVE O MUERE EN EL INTENTO

“Break this bittersweet spell on me,
lost in the arms of destiny”
V.V.


I-
Encontré sus ojos perdidos en medio del desolador panorama de la sala de espera en el momento en que volteaba mi cabeza para no manchar de vómito a nadie inocente. Fui rápido y ágil, pues desde hace unos meses los vómitos forman parte de mi vida cotidiana. A veces una ligera náusea me avisa de lo inminente, otras, en cambio; tan solo un ligero sabor a latón me invade la parte superior de la garganta y, cual reacción purgatoria, devolvía mis órganos deshechos por la acción del cangrejo negro. No comía, pues la ingesta de comida alimentaba a su vez el cáncer que me destrozaba interiormente. Es un círculo vicioso fugaz y caduco, un cruel ourobos en que la cabeza ingiere más rápido de lo que se escapa la cola. Es la rueda que no pudo romper Catherina de Alejandría.

La enfermera entraba y salía cual verdugo en el corredor de la muerte sin ser consciente del contenido de la carpeta que sostenía en sus fríos dedos lánguidos.
Pronunciaba los nombres con una pasividad que hacía perder las ganas de vivir al más optimista.
Era siniestro ver como, cual automatismo de autodestrucción; al oír su nombre uno a uno todos los habitantes pasajeros de la sala se iban levantando y sin esbozar siquiera un proyecto de esperanza en sus rostros, desfilaban como llamados por la muerte en dirección a la puerta que sostenía la enfermera.
En esta sala nadie se mira a la cara. Nadie quiere revelar sus sentimientos al prójimo ni quiere conocer a nadie. En esta sala el que tienes al lado está peor que tú, y su contiguo aún está peor. Nadie quiere recordar el rostro de los que ahí están porque nadie quiere reconocer ninguna de las caras que le acompañan en las necrológicas de algún periódico gratuito y pensar que esa podría ser su suerte final.

Pero ella miraba, sin miedo y sin compasión. En sus ojos se albergaba ese haz de esperanza que todos dejamos en la puerta al entrar y parecía quererlo repartir entre los presentes.

La puerta de la consulta se abría con una majestuosidad implacable y todo aquél que entraba olvidaba por completo el mecanismo de curvatura de la comisura labial, olvidaba sonreír, olvidaba llorar, olvidaba que existía y que era alguien. Allí era un papel, una fecha, un tiempo restante, un cliente potencial de la funeraria.

Sin embargo ella seguía allí, sonriendo. Sonreía incluso cuando la llamó el verdugo con bata blanca. Se levantó como debía de levantarse Venus, caminó como debió de caminar Artemisa y, antes de entrar, me miró como debía mirar Elpis, con un brillo de esperanza inconcebible en aquella situación.

No sabría explicar cómo, pero aquellos ojos me purgaron más que mil vómitos y, por unos segundos, olvidé que no era más que un saco de segundos restantes de vida.

Su visita fue la más larga de la de los allí presentes, eso no era bueno. Nada allí podía serlo.
Se abrió la puerta y salió sonriendo incluso más. El verdugo con titulo de enfermera gritó mi nombre. Me levanté y me dirigí hacia la puerta. Volvió el sabor a latón y me volví a devolver en la bolsa que guardaba en mi bolsillo trasero. Mientras lo hacía noté su mano acariciando mi nuca huérfana de pelo. Levanté mi cabeza y ella no sonreía. Estaba preocupada por primera vez desde nuestro primer encuentro, y no por ella; sino por mi. Me pasó un brazo por detrás de la espalda y me abrazo, prometiéndome que todo iba a salir bien.

Quizás fue que nunca nadie me mintió de aquel modo, o que necesitaba oírlo. Pero me lo creí. Le devolví el abrazo y enfilé hacia la consulta médica con un resplandor interior desconocido para mí.

Por primera vez ella miró al hombre que habita en las entrañas de este monstruo que no asusta sino por miedo al miedo. Un monstruo, éste, que se esconde dentro del armario para no ser visto y que pasa largas noches acechando debajo de la cama de sus victimas para sentir el calor de otra persona durmiendo a su lado. Quizás nadie se haya planteado el porqué de las acciones de un monstruo, quizás nadie se la haya planteado nunca hasta que llega el momento en que tu eres uno de ellos. No sólo para los demás, también para ti mismo.



II

Encontré sus ojos en medio de la consulta. No había piedad en ellos. Era un jinete del Apocalipsis ataviado con una bata blanca y custodiado por unos títulos universitarios colgados de la pared que le daban autoridad para regir sobre las vidas humanas como si de un dios se tratase.
De su boca salía, cual letanía disfrazada con tecnicismos, mi diagnostico; mi fecha de caducidad.
No me sorprendí, ni siquiera me derrumbé. Simplemente me levanté sin mediar palabra y salí de aquel cementerio de esperanzas e ilusiones.
Crucé la puerta y me encendí un cigarrillo, en el infierno había existencias y al menos tabaco no me iba a faltar. Sonreí, quizás no fuera tan malo marcharse.
Inhalo una bocanada de aire nicotinado y la expulso mientras me escondo de las miradas de miedo y asco ajenas detrás de una cortina de humo. Es fácil mirar a un cancerigeno con lastima y sentirse buena persona al llegar a casa y haber olvidado incluso su cara. Es fácil esconder la realidad y pensar que es un joven borracho el que está vomitando por la calle cuando en realidad está saliendo de quimioterapia. Siempre es todo más fácil cuando tu reloj vital va a un ritmo normal, no cuando cada segundo te resta un día entero de vida.
Sin embargo esta situación te enseña a aprovechar cada segundo, a degustar el aire que se desliza por tu garganta como si del mejor vino del cultivo de Baco se tratara y a atrapar el momento, examinarlo, y dejarlo morir por el mero hecho de haber existido alguna vez. Todo lo que habías obviado siempre te parece ahora maravilloso y digno de ser admirado, así que dediqué mis últimos días a dar largos paseos a lo largo de mi ciudad. Paseé. Caminé sin rumbo alguno y sin destino porque nadie me esperaba y, curiosamente, porque no tenía ninguna prisa pese a estar consumiendo los últimos granos de mi reloj de arena particular.
Pese a que el paseo iba por diferentes derroteros siempre acababa en el mismo sitio: un banco frente al mar en el que solía deleitar mi espíritu con la contemplación del titán azul y dejar arrastrar mi mente por el mecimiento continuo de las olas. Mi mente, como su propietario; solía divagar sin rumbo fijo por el laberinto de la mente, pero siempre terminaba en algún destello que me recordaba a ella. Pese a que no la había vuelto a ver, cada día estaba presente en mi mente a modo de edulcorante carpe diem para mi constante y amargo memento mori.

Cuando pensaba en ella se me iban las horas volando cual gaviota en busca de comida y cuando salía de mi ensoñación era ya oscuro y debía largarme hacia mi casa.

Pero hoy algo me ha turbado de mi ensoñación, pues el viento mecía en sus brazos un objeto que avanzaba en mi dirección. Alargué la mano y lo despojé de sus incorpóreas alas. Era una hoja de periódico.

III-

Encontré sus ojos perdidos en medio de la página de necrológicas del diario local. Sin embargo seguían sonriéndome y reconfortándome.
Necesitaba contarlo a alguien así que decidí darle la vuelta al periódico y escribir estas líneas a modo de epitafio para ella. Pienso arrojarlo al mar, indiferente a todo lo que fuera de él ocurre y legislador de lo que dentro de él puede ocurrir. Gigante azul que nos precede y nos sobrevive. Símbolo de vida y de fuerza. La fuerza que transmitían sus ojos ahora ya muertos.

Un sabor ligero a latón invade mi garganta, pero esta vez no aparto la cabeza.
No espero encontrar nada.



“Y el mar siguió meciendo se como se mecía hace miles de años”
H. Melville


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